martes, 28 de abril de 2015

Aprendizajes

Y cuando lo vio por primera vez, lo supo, acostumbrada a lo inalcanzable, que había algo peor que esos amores imposibles que cortaban su respiración, y cercenaban sus ansias, y la hacían sentir así de insignificante frente a este nuevo él que la miraba desde lejos. Lo supo y se estremeció y quiso ponerle palabras y quizás hasta compartirlo con él que ahora se acercaba hacia donde ella estaba. Supo que había algo peor que verlo pasar, que sentir que cuando creyera tenerlo entre sus brazos él se le escurriría, que se iría sin explicaciones, que una mañana cualquiera le diría lo que ella sospechaba: que nunca la había amado, que una noche sin mediar palabras la dejaría por otra. Hubiera querido decírselo, asegurarle que conocía cómo y cuándo los sentimientos por fin se esfumarían, como una brisa para él, como un maldito viento huracanado para ella. Hubiera querido pero no pudo, porque la boca se le puso pastosa, porque no encontraba forma de ser elocuente, porque sus latidos eran tan fuertes que no podía prestar atención a otra cosa, porque él se mostraba detrás de la sonrisa más cautivante que jamás le haya sonreído, porque esos ojos por primera vez la encontraban a ella. En ese momento lo supo y lo confirmó los días posteriores, peor que el amor imposible era este amor correspondido que hoy la cuestionaba, la nombraba, la llamaba a atreverse o la hundía en todos sus miedos y la abrazaba a todos sus fantasmas, como para aferrarse a ellos, como para no amarlo a él. Supo que peor que cualquier amor imposible era este amor que la sacaba de la comodidad de lo dolorosamente conocido, que la arrancaba de ese no ser amada que tanto le costaba. Es que ella no sabía dejarse amar, porque nunca se lo había permitido, ni a ella ni a los ellos que lo habían intentado fallando una y otra vez. Ella elegía a los otros ellos, a los que no la querían, a los que la ilusionaban y se iban. Ella elegía a los que se iban porque no sabía qué hacer con ella misma si alguno se quedaba. Pero entonces lo vio y lo supo. Supo que él no iba a irse. Supo que él no iba a dejarla ir. Supo que ella ya no iba a poder escapar, porque no quería, porque lo quería, aunque temblara de miedo, aunque no supiera cómo hacer para no ahuyentar al amor. Supo que a lo que tanto le temía era a cerrarle la puerta a la imposibilidad, y con él comenzaban a abrirse todas las ventanas que ella mantenía ocultas en su interior. ¡Temerle a una misma!, lo decía y le parecía absurdo, pero qué era acaso el querer aplacar este estremecimiento en su cuerpo, en sus entrañas y sobre todo, qué era esta desconfianza a sostener la mirada por primera vez. ¡Temerle a vivir!, lo repetía y se le erizaba la piel, pero qué era entonces este autoimpedirse sentir, querer, darse, qué era esta necesidad de tener todo fríamente calculado. ¡Tanto temor! ¡Tanto dolor! ¡Tanto rechazar las caricias que la dejaban sin aliento! ¡Tanto de irse y tan poco de quedarse! Entonces lo vio y lo supo, tan claramente, tan en su oscuridad, era a él a quien le temía, o a ellos dos juntos, o a esta posibilidad tan real de un nosotros a pesar de ella sola. Supo que él iba a quedarse, que ella ya no huiría, que no había estrategias ni fórmulas ni manual de instrucciones que le aseguraran una vida sin riesgos ni heridas ni teléfonos que no volvieran a sonar. Supo que no quería seguir preservándose de sentir, que no podía seguir escondiéndose, porque de aquella transparencia inocultable nacía esta forma tan misteriosa de quererlo. Y supo que ahora, o por fin, eran sólo ella y él, él y ella, frente a frente, desnudos, expuestos, vivos, íntimamente vulnerables.

1 comentario:

  1. Genial!

    Me encanta tu clara mirada, tu corazón palpitante.
    Esta posibilidad de ser feliz en tus palabras.

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