martes, 3 de marzo de 2015

Apalabrarnos

¿Qué te diría si por fin pudiera hablarte, si no perdiera el aliento cuando te tengo enfrente, si no se me escondiera el vocabulario cuando escucho tu voz? ¿Qué te diría si por fin pudieras oírme, si te animaras a perder el tiempo conmigo, si escondieras las excusas para otra ocasión? ¿Qué te diría si por fin pudiéramos vernos, si no nos perdiéramos en el camino por miedo o por pura distracción, si no nos escondiésemos de nosotros mismos, de los que fuimos, de lo que somos, de las nomenclaturas que nos narran?
¿Qué me dirías si por fin pudieras hablarme? ¿Me dirías? ¿Enmudecerías? ¿Qué palabras utilizarías? ¿Abusarías de ellas? ¿Me malapalabrarías? ¿Usarías las palabras justas? ¿Y las injustas, si existieran, también las pronunciarías? ¿Me vestirías de palabras? ¿Me desvestirías de silencios? ¿Bajo qué melodías? ¿Con qué besos? ¿En qué tormenta? ¿Abrirías paraguas o dejarías que las palabras nos mojen? ¿Convertirías en letras las estrellas cuando el cielo se abra para nosotros? ¿Qué me dirías si pudieras? ¿Y si quisieras, qué me dirías? ¿Y si me quisieras: qué palabras harías nuestras si me quisieras?








miércoles, 28 de enero de 2015

Donde te olvido...

¿Qué espero cuando te espero?
¿A quién amo cuando te amo?
¿En qué sueños te encuentro cuando te sueño?
¿Dónde me quedo? ¿Dónde te cielo?

¿Qué elijo cuando te elijo?
¿A quién llamo cuando te llamo?
¿Qué palabras pronuncio para apalabrarte?
¿Dónde me entrego? ¿Dónde te quiero?

¿Qué grito cuando te grito?
¿A quién odio cuando te odio?
¿Qué silencio nombro cuando te silencio?
¿Dónde me pierdo? ¿Dónde te dejo?

¿Qué duelo cuando te duelo?
¿A quién olvido cuando te olvido?
¿En qué esperanzas muero para morirte?
¿Dónde me encierro? ¿Dónde te entierro?


Ilustradora: Samanta Tello




viernes, 23 de enero de 2015

Como si

Te extrañé. Cada día. Como si estuvieras. Como si el resto del tiempo formaras parte de mi vida. Como si tu constancia no fuera la ausencia. Como si alguna vez te hubieras quedado. Como si en algún momento nos hubiésemos encontrado. Te extrañé. Cada noche. Como si durmieras conmigo. Como si te despertaras pensando en mí. Como si alguna vez me hubieras abrazado en mis insomnios. Como si te hubieses quedado en mis sueños. Como si en algún momento nos hubiésemos amado. Te extrañé. Cada melancólico pensamiento. Como si me esperaras. Como si tuviéramos recuerdos donde olvidarnos. Como si existieran palabras donde reconocernos. Como si tuviésemos lugares donde dejarnos. Como si en algún momento nos hubiésemos ido.


domingo, 30 de noviembre de 2014

La Otra

La otra. La que no tenía nombre. La que ahora tiene hasta doble apellido. La otra. La de los ojos café, la de la boca que te besa, la del pasado compartido. La otra. La de los infinitos rostros que nunca fueron el mío. La otra. La que te quiere, la que querés, la que te tuvo y te vuelve a tener. La otra. La que fue, la que es, la que quizás no sea. La otra. La que te quita el sueño. La que te aleja de mí. La otra. La que es ella, la que no soy yo, la que tal vez es cualquiera. La otra. La que no es otra porque para serlo yo tendría que ser la que amaras más o la que amaras menos o la que amaras distinto. La otra. La que no es otra porque para serlo yo tendría que ser a la que ubicaras en el primer lugar en tu lista de prioridades o a la que engañaras o a la que no quisieras lo suficiente. La otra. La que no es otra porque yo soy ninguna.     

martes, 4 de noviembre de 2014

No ser la elegida

No ser la elegida, eso le dolía, no por una cuestión de amor propio, sino porque la hacía sentir en todo el cuerpo las marcas de tanta falta de amor. No ser la elegida implicaba para ella no reflejarse en los ojos de un otro porque no había otro que la mirara, no sentir los latidos de otro porque no había otro que la abrazara, no confundirse en la sonrisa de otro porque no había otro que la besara... O tal vez, si lo había, no era el otro del que ella estaba enamorada, y entonces no le alcanzaba, no le alcanzaba y le dolía. Y si le dolía era porque tanta falta de amor la hacía sentir temblores que acompasaban el maldito tic tac del reloj y no la dejaban dormir. Tanta falta de amor le generaba dificultades para respirar que impedían que las lágrimas brotaran con naturalidad. Tanta falta de amor le provocaba un fuerte dolor en el pecho, una puntada que la hacía sentir que se le estaba resquebrajando el corazón. Tanta falta de amor le anudaba la garganta ovillando decepciones, palabras retenidas en puestos de control, silencios obligados a silenciarla. Tanta falta de amor la hacía sentir un peso en la espalda que cargaba desilusiones, frases hirientes, encuentros no concretados, llamadas en espera, ilusiones deshilachadas. Tanta falta de amor se traducía en indiferencia, en desesperación, en una tristeza que ensombrecía su vida, que la encerraba en sí misma y la volvía invisible otra vez.

No ser la elegida, eso le dolía, y la iba desgarrando y endureciendo por dentro y por fuera, tornándose toscos sus sentimientos pero también su mirada, y su postura, y su sonrisa humedecida. No ser la elegida la hacía sentirse no querida, no deseada, no suficiente. No ser la elegida la hacía sentirse despreciada, abandonada, poca cosa. Es que no podía entender lo que pasaba, no entendía qué hacía mal para que nadie la eligiera y no entendía por qué nadie o ninguno siempre se referían a él. No ser elegida por él, eso era lo que la destrozaba, y que esa o cualquiera o todas las que él sí quería nunca la incluyeran. No ser elegida por él y aún así justificarlo por sus idas y venidas, por su confusa manera de estar sin estar, por invitarla a jugarse la vida con él y después cambiarle las reglas para hacerla sentir que perdía, que se perdía, que lo perdía. No ser elegida por él y creerle, creerle aunque le ofreciera migajas de un sentimiento que no tenía definición ni razón de ser y que sólo la hacían sentir insignificante y desamparada. No ser elegida por él y seguir amándolo, amando a quien una mañana la trataba como una completa desconocida y al día siguiente la despertaba y le endulzaba el café con frases de amor, o tal vez no, tal vez ella sola lo endulzaba para que la espera tuviera gusto a él aunque él nunca llegase, aunque la cita jamás se concretara, aunque el azar no volviera a cruzarlos, aunque él siguiera sin elegirla y ella muriera de ausencia.

domingo, 26 de octubre de 2014

¿Será?

¿Será que a veces la señal es, justamente, la falta de señal? ¿O será que no hay señalizaciones que nos digan cómo actuar? ¿Será que a veces sólo nos queda improvisar? ¿O será que tenemos que usar lo aprehendido para entrar y salir de libreto? ¿Será que hay guías o recetas que establezcan cómo debemos vivir? ¿O será que vamos creando nuevos caminos y reinventándonos con cada experiencia? ¿Será que hay reglas que sólo se hicieron para ser transgredidas? ¿O será que somos la excepción a la regla?

domingo, 14 de septiembre de 2014

Acorazada

Era como si en lugar de un corazón, tuviese un puño estrujándole las palabras, los sueños, las lágrimas, haciéndole añicos las esperanzas, los sentimientos... Tan cerrado, tan oprimiendo que no podía abrirse, que parecía no poder liberar todo lo que desde su corta existencia mantenía encarcelado ahí dentro...  Dejar ir, soltar, decir, llorar, desanudar, todo eso le había sido vedado en nombre de una fortaleza que ella no había pedido, que no quería, que se le había adherido al cuerpo, endureciéndola y no dejándola salir.
Era como si ese puño la lastimara, la desgarrara y le impidiera amar. ¡Tanta presión! ¡Tanta prisión! Entonces otra vez los miedos y el dolor que se madejaban, se mezclaban, se confundían con esa soledad irreverente que no se iba, que era la única que verdaderamente no la abandonaba. Y ella que odiaba sentirse así de sola, con esa soledad como única compañía, con esa soledad como consuelo de quien sabe qué cosa. Y ella que no quería más de ese tipo de consuelo que la hacía convencerse de que así estaba bien, que se sufría menos, que vivir anestesiada era la clave para dejar de sentirse tan vulnerable. Y ella que lo único que deseaba era despertarse de ese estado de somnolencia.
Era como si por fin ese corazón se transformara en una mano que lentamente se desperezaba, palma hacia arriba, todavía temerosa pero dispuesta a entregarse a otro, a darse. A darse aún cuando doliera, aún cuando el miedo la hiciera temblar, aún cuando el amor la inundara de incertidumbres más que de certezas, porque de todos modos de qué le habían servido tantas certezas más que para sumirla en ese profundo hermetismo. A darse en palabras acalladas que ahora tomaban vuelo y eran gritadas, liberadas, desenredadas. A darse en abrazos que derramaban lágrimas, que las hacían rodar por sus mejillas para terminar en su boca, en esa boca que tejió silencios más que besos, y que ahora besaba y decía.